domingo, 16 de diciembre de 2012

"Dance Me to the End of Love."


Ella era poesía. Yo no lo sabía hasta ese baile, pero ya lo intuía. Era fácil, sencillo. Aquel movimiento de caderas, aquella manera de ser, estar y parecer. ¡Sus atributos! Qué decir, qué decir de esa decadente forma de hablar. Las palabras se derretían en su boca como caramelo y su mirar se fundía con la luz que lo iluminaba. Qué decir de sus brazos perfectamente esculpidos, de sus anchos muslos, de sus caderas poco estrechas y de sus pechos de talla 90 y subiendo. Oh, qué decir de esas mejillas rosadas, de su rostro imperfecto, de su nariz pequeña y pizpireta. Qué decir de su peculiaridad, de su 1,55 a lo largo y de su impecable torpeza al bailar. Era, oh sí, era todo lo que un hombre quisiera tener en sus brazos una noche de domingo. Abrazarla, acariciarla, hacerla el amor y contemplarla dormir y suspirar.

Era domingo o algo así cuando como un pervertido la contemplaba desde mi ventana. Ella se estaba desnudando en su habitación para ponerse un camisón. Oh sí, aquel camisón de fina seda rosácea que le tapaba un poco más abajo de las rodillas dejando trabajo que hacer a la imaginación de todo hombre. Vi cómo dejaba caer (ella nunca tiraba nada, demasiado vulgar para una criatura tan divina) su sujetador al suelo, cómo se soltaba el pelo y dejaba caer el coletero, de nuevo, al suelo. Estaba lejos, pero pude oler su fragancia a champú de frutas y extractos de bambú. Estaba lejos, pero pude imaginar su expresión en la cara: divertida, atrevida, sensual. Todo en ella era así.
Era domingo o algo así cuando desde mi ventana creí enloquecer como un vulgar pervertido ante tal maravillosa escena. Y no sé cómo, creo que un impulso salvaje se apoderó de mí cuando decidí abandonar mi posición en la ventana y llamar a su puerta. Lo hice, oh sí, lo hice y, Señor, eso fue lo mejor que hice en mi  aburrida e insulsa vida. 

Ella me abrió la puerta y mis ojos absorbieron su figura como esponjas sedientas. Sonreía, sí, sonreía y guardaba en la mirada unas juguetonas ganas de jugar, conmigo claro, pero qué demonios, nada me importaba. Yo sería su juguete si ella así lo quería.
Me agarró de la muñeca y con una sonrisa torcida me condujo hacia el salón donde me preguntó quién era. ¡Menuda pregunta más inoportuna! ¡Cómo iba yo a acordarme de quién era en semejante situación! Su piel tocando la mía provocaba un incendio inapagable debajo de mi piel, no me salían las palabras, estaba temblando. ¡Oh, gran Safo qué razón tenías! 
Empecé a acariciarla y ella reía. Reía y hablaba de yo qué sé qué. Hablaba y hablaba, reía y reía y yo sólo la acariciaba y le devolvía las risas sin saber por qué. En algún momento empezó a sonar Dance Me to the End of Love de Leonard Cohen y empezamos a bailar. O quizás no y yo me lo imaginara. O quizás no y todo fuera fruto de alucinaciones causadas por aquel baile hacia el infinito de un beso.

Mi mano en su cintura y la suya en mi hombro.
El delicado frufrú de su camisón contra su piel y la mía, ardientes las dos.
La noche cayendo, desmayándose ante tal belleza.
El frío rindiéndose ante el calor y la ropa dejándose caer, de nuevo.
Dos cuerpos desnudos bailando y Leonard Cohen alimentando el amor.
Dos cuerpos desnudos bailando hacia el inexistente fin del amor.

4 comentarios:

The Gossip Eye dijo...

Menuda canción! Ese Leonard Cohen sabe de hacer canciones que le vienen que ni pintadas a tus textos ;)

Lo he leído mientras escuchaba la canción y me lo he imaginado todo como una bonita escena de una película francesa. Es lo que consigues con tus textos: que se conviertan en realidad.

muaaak.

alvarobd dijo...

Me gusta, me gusta que pruebes cosas nuevas y te pongas en la piel de un hombre. Me he reído con lo de: ¡Cómo iba a acordarme yo de mi nombre en semejante situación!

Lausaver dijo...

o.o Vaya, este sí que es un cambio radical, parece que el tema de tus texto cambio un poco...eso suele estar bien si se hace bien, y a ti te ha salido divinamente.
Saludos :D

Walking Disaster. dijo...

Por alguna razón que desconozco, leer tus textos me hace viajar al pasado. A los 90, o a veces a los 80, es genial...