domingo, 9 de junio de 2013

Pájaros muertos y enterrados en el corazón.

Aquella noche fue, sin duda, la noche más terrible de mi, hasta entonces, corta vida. 
Jamás me había sentido tan insignificante, triste y vacío como aquella noche en la que me robaron mi bien más preciado.

Yo sabía que ella era un amor imposible. Y también sabía que mi proyecto de vida era demasiado utópico e improbable de hacerse realidad. Yo, a pesar de lo que pensaran los que me rodeaban, sabía todo aquello. Era consciente de estas dificultades, pero, con la testarudez y la alegría propia del soñador, lograba levantarme cada mañana y sonreír. Lograba demostrar al mundo que realmente era feliz (aunque no lo fuera en el fondo) pues todos aquellos pájaros que poblaban mi cabeza me hacían despegar los pies del suelo y olvidar mi realidad, mi contexto en el poema del que formaba parte. Ay, recuerdo aquellas noches entre canciones de piano dulces y enfadadas, recuerdo aquel bloc de dibujo en el que coleccionaba cada una de sus facciones y aquellos versos que se rompían al caer la noche y que cobraban vida cada amanecer. Lo recuerdo, recuerdo el irme a la cama con sus mejillas en mi cabeza y con mil sueños por cumplir desnudos y temerosos correteando por mi mente. Recuerdo el agarrarme a la almohada como única forma de no sentirme tan dolorosamente solo y...quebrado, difuminado, pequeño, extraño. ¡Ay, cuántos suspiros se me escapan ahora que lo recuerdo todo!
Pero, una noche todo cambió. A los que me rodeaban les daba miedo mi inconformismo y mi constante mirada perdida imaginando algo mejor. Creo que de verdad empezaron a tomarme en serio tras esa conversación, esa conversación en la que hubo lágrimas, gritos y muchas, muchas negaciones. Fue triste, fue terriblemente triste para mí, pues sabía que ellos, los que me rodeaban, me querían y se preocupaban por mí y que por ello querían matar a esos pájaros alegres y coloridos de mi cabeza. Ése, ése era el camino fácil para ellos, que no querían verme sufrir en un futuro por culpa de sueños inciertos. Así que una noche, mientras dormía perdido en las pocas ganas de soñar que tenía, los que me rodeaban lanzaron una bandada de buitres enfurecidos y hambrientos contra mis mansos y dulces pajarillos. Los buitres acabaron con mis pájaros que, ya muertos, fueron enterrados en lo más profundo de mi corazón para permanecer ahí por siempre.
Recuerdo que a partir de esa noche realmente fui consciente de todo lo que me rodeaba. Fui consciente de todas las tonterías que antes llenaban mi cabeza y me sentí tan mal que sólo podía llorar y llorar. Recuerdo haberme tirado en la cama durante una semana entera y no ser capaz de hacer nada más que pensar en ella y en mi futuro imaginado como si de algo horrendo se tratase. Empecé así a odiar todo lo que antes amaba, incluso empecé a odiarme a mí mismo por ser quien había sido. Los que me rodeaban, claro, estaban orgullosos y tranquilos. Por fin había caído en las redes de su mediocridad, ya no podría sobresalir ni ser realmente feliz, pero tampoco podría equivocarme y perderlo todo por algo que realmente me hubiera hecho feliz. Así, totalmente normalizado y conformista, jamás sufriría las consecuencias propias y dolorosas de luchar por lo que se quiere.
Y todavía hoy, varios años después de aquella noche, puedo seguir escuchando un débil y enfermo latido dentro de mí. Un latido que me hace recuperar la esperanza de que aquellos pajarillos no estén muertos del todo, un latido que me hace temblar de miedo y emoción.

Los peores buitres los envían aquellos que más nos quieren.



2 comentarios:

Đamte dijo...

duele, duele. ojalá vuelen, por enfermos que se hallen.

The Gossip Eye dijo...

Mmm... este texto está escrito como si fueras otra persona! interesante :)

Pues la frase que más me ha gustado ha sido la de letras más pequeñas:

Los peores buitres los envían aquellos que más nos quieren

Qué buena.

Admito que esta vez no he entendido mucho el texto, pero como siempre,
me ha gustado ;)

muaaak.